CITAS LITERARIAS (11) DIARIO DE LA MARINA.

Quen recorda falar do HOME DO UNTO ? 

Polos anos 1846/1850 no pobo de Rebordechao, provincia de Ourense, fíxose famoso Manuel Blanco Romasanta. A súa fama debeuse a que seleccionaba polas aldeas mulleres solteiras e tras conquistalas e levalas fóra das súas casas, asasinábas co fin de vender a súa graxa en varias boticas dun pobo de Portugal, de nome Chaves. Romasanta sempre o negou, pero era sabido que en moitas farmacias pagábase un alto prezo pola graxa humana, parece ser que era utilizada para a cura de enfermidades e tamén para alargar a vida.

Quizáis estes feitos do sacauntos chegou a oídos da parella que é a protagonista nesta crónica que atopei nun vello periódico e na cal aparece nesta crónica o nome da nosa parroquia de  Cerponzóns…

A VENDA DE UNTO HUMANO, CRÓNICA

El primero de Marzo de 1857 , se está efectuando, en la riente capital española de Pontevedra, una de esas Ferias Agro-Precuarias que han dado, a través del tiempo, nombre a la region y provecho a sus habitantes. Como de costumbre, por todas las carreteras que llevan allá y que proceden de Sangenjo, de Cambados, de Caldas de Reyes, de Lalin, Puente Caldelas, de Marín y de Cangas, bajo el suave sol cómplice de la mañana, acuden sin cesar grupos de aldeanos que se mezclan a los venidos de las Parroquias más próximas, como Santa María de Alba, Santa María de Bora, San Pedro de Campañó, San Vicente de Cerponzones, San Martín de Salcedo y San Pedro de Tomeza. Ya en carretones, ora sobre borriquillos o bien en carretillas, cada vecino trae al mercado pontevedrino su aporte personal a la cosecha de aquella Suiza Española : hortalizas, castañas, lino, patatas, frutas, cereales, miel, vino, mijo y trigo. Tampoco faltan -como habría de ser !- docenas y docenas de soberbios ejemplares de ganado vacuno, caballar, mular, cabrio y de cerda, que cuando son de Galicia tienen una pata de más, según dice el cantar elogiando su condición.

Mientras una multitud de treinta mil almas, donde hay tantos forasteros como poblanos, se apiña pacientemente entre centenares de tiendas y barracas, diseminados……con ánimo seguro de ver y esperanza incierta de comprar.

Trabajo cuesta, pues, a cada vendedor recién llegado, hallar instalación para sus fardos, mediodía adelante.

Juan Vazquez y Dolores Reguera, 40 años apenas, marido y mujer, vecinos de Santa María Adigna, distrito judicial de Cambados, son de los últimos en arribar aquel día memorable, a la población. Vestidos con esa pulcritud que sale de la miseria sin entrar en la pobreza, llaman la atención en seguida por la tenacidad con que demandan por la farmacia.

-En la Plaza Mayor, les informa alguien por fin.

Así, no han comprendido. La dirección les resulta confusa.

-Donde ?

– Por aquí, siguiendo después a la derecha, pregunta más allá, en la casa puntada de azul y tomando por acullá…Entonces comienzan a orientarse.

Al partir, empero, las buenas gentes, no pocos reparan en que ella arrastran consigo a un pequeño idiota que chupa con delectación impropia de su edad -unos catorce años- pero no en buen estado, un vulgar caramelo.

Estará enfermo el infeliz- concibe el…, relacionando su presencia con la intención de sus mayores.

Por lógico, el mismo pensamiento asalta minutos después, al boticario que importunan éstos, llamado don José Fernández Arango, vecino de la calle del Rey.

– No señor, explica Vázquez a sus preguntas. – ¿Tiene usted unto humano ?

El licenciado sonríe ante tal prosaica denominación, muy en boga allá para interesar una especie de vaselina alcanforada bien popular por la fecha.

– Si, hay.

El otro se vuelve enseguida con gesto triunfador hacía su acompañante.

– Ya ves ?

– Pues háblale.

– Oiga usted…

Y una confidencia atroz pasa de labios del rústico al oído del comerciante.

Este se queda impávido. Parece que la sangre se le hiela en las venas…

– Y bien ? …-apremia el otro.

– Negocio o no ?

– Es que…

– Ochocientos reales !

– No tengo el dinero aquí.

– Podemos volver más tarde !

Así se acuerda. Los desconocidos parten, con su muñeco de carne acuestas y el farmacéutico, una vez sólo, manda a buscar, con el chico aprendiz, una pareja de Orden Público.

– Señores : que cuestión ! – exclama tan pronto los divisa- Figúrense que, hace un momento… Y continúa el relato bajando la voz, previsoramente, por miedo a una imprudencia.

Los guardias, a su vez, se escandalizan.

– Es imposible !

– No lo creemos !

– Ya lo verán. Por lo pronto ocúltense en la habitación inmediata. No deben tardar en volver éstos extraños mercaderes…

– A lo mejor cambian de opinión y no acuden a la cita !

– Bueno, escóndanse, que voy a ver.

Y don José Fernández Arango se asoma a la puerta.

La Villa arde en el vivo trajín de la feria. La primavera próxima imprime un tiempo “dulce” a seres y cosas. Gente en todas direcciones, animales y carros a discreción y el eco sordo de millares de gargantas en pugna, donde la fabla gallega se expande a capricho, constituyen un cuadro local precioso, cuya tipicidad está tanto en el movimiento de las figuras como en su espíritu. Aquello no es sólo Pontevedra. Es toda Galicia.

De repente, el trío acechado, aparece en una esquina.

El boticario da la voz de alerta, con un monosílabo.

– Ya !

 A poco, recibe con grandes demostraciones de cordialidad a Vázquez, a su consorte y a la presunta víctima de ambos.

– ¿ Tiene el dinero ? pregunta ipso facto el primero, con aire receloso.

– Aquí está.

– Ochocientos reales, eh ?

– Precisamente.

– Pues despachemos, que el tiempo apremia.

– Antes hay que firmar un papel.

– Y se firma.

– Bien.

Fernández Arango se sienta ante su bufete y empieza a escribir en tanto que los de Orden Público no pierden detalle de la escena.

– Habíamos quedado en que ustedes, Dolores Reguera y Juan Vázquez- aclara al par que mueve la pluma-, me venden por esa suma, ochocientos reales, al menor José, para que yo lo mate, fría y use de su grasa para la botica…

– Si, señor.

– Conformes en todo ?

– En todo.

– Otra cosa. Con qué derecho disponen así de éste chico ? La mujer toma entonces la palabra.

– Es muy fácil de contar, señor licenciado. Él es hermano de mi marido, yo soy la mujer de éste y me consta que al morir sus padres, le dejaron a José ” para que lo gobernara a su antojo”.

– Eso no me autoriza a matarlo…

– Sin provecho, no. Igual nos pasa a nosotros…Pero usted sacará de su cuerpo unto humano para su tienda y curará mucha gente, y nosotros , ochocientos reales con que adquirir ganado y mejorar la cría…está claro ?

– Lo es. Sólo falta saber qué piensa él de todo esto.

– Pregúntele y verá, señor.

– El ” comprador” se vuelve al idiota y le interroga :

– Quieres que te maten y te frían y se use de tu grasa en la botica ?

Como no obtiene respuesta, insiste varias veces y siempre en vano.

– ¿No oyes muchacho ? Contesta !

Y nada. José parece muerto en vida.

Pero basta. Su completa dejadez ante aquella infamia en proyecto, desespera a los agentes de la autoridad, que intervienen echando mano a los malvados.

Tras el acta policíaca, el escándalo es enorme en toda España, porque se trata de la primera vez, en varios siglos, en que tiene lugar tamaña maquinación contra la vida de un semejante. Los periódicos le dan una publicidad extraordinaria y letrados y legistas se apasionan aún más con la causa, cuando pasada por el juez a la Audiencia ncia Provincial de Pontevedra, el promotor fiscal, don Francisco Sánchez Gutiérrez, a quién corresponde su estudio declara ” que ese hecho es difícil de graduar a qué clase de delitos pertenece ni que artículos del Código les son aplicables “, porque ” resulta humillante hasta lo sumo para la especie humana, ya que los salvajes de las Antillas o islas de la Oceanía se comen sus enemigos de guerra pero no llegan a la depravación de vender a un hermano ni a un individuo de su horda con tal vil objeto”, razón básica que explicaba, a su vez, la absoluta imprevisión que ante procesos de ese género, muestra el Código Penal de la época. En consecuencia, la sala correspondiente , para actuar, solicita, el elevado juicio de los compícuos miembros del Tribunal Supremo.

 Aunque con cerca de dos meses de retraso, la opinión cubana, se entera de lo sucedido, y a la sazón, un abogado oscuro, de quien nadie tiene en la Isla más que simples referencias literarias, publica unas declaraciones afirmando que la radicación de aquella célebre causa corresponde hacerla al amparo de los artículos 4,10,62,74 y escalas del 79 del citado instrumento legal, que determinan el delito de marras como una concertación de asesinato. Pocos prestan atención en la Habana a su criterio, pero el más alto Tribunal de Justicia de España coincide exactamente con él.

 Y el abogado oscuro se hace famoso y en Cuba y en la Península se pronuncia desde entonces con respeto su nombre : Adolfo Marquez Sterling.

Seguro que dou que falar, tanto en Cerponzóns, coma en toda Pontevedra.

PUBLICADO EN EL DIARIO DE LA MARINA, 31 OCTUBRE 1937

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